EL SALVADOR Y EL MAR

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El Salvador y El Mar.

“Desde los orígenes de la especie humana, el mar siempre ha sido un elemento de misterio, respeto y curiosidad. La importancia de los océanos para el transporte, obtención de alimento y entretenimiento ha influenciado en diferente grado el desarrollo de todas las civilizaciones”, indica Roberto Gallardo, arqueólogo subacuático del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán, con ocasión del Día Marítimo Mundial.

Cada 29 de septiembre se conmemora el día, este año bajo el lema “El transporte marítimo: indispensable para el mundo” y para celebrarlo, Gallardo habla sobre la historia del mar y sus investigaciones realizadas en las áreas marítimas de El Salvador.

“El mar ha sido el gran generador de cambio, permitiendo una evolución social continua a nivel global”, sostiene el arqueólogo y cita como evidencias los viajes marítimos hechos por los primeros habitantes de Australia hace unos 50,000 años, continuando con el poblamiento costero del continente americano, hasta la construcción del Canal de Panamá (el logro industrial más grande del siglo XX).

El territorio que actualmente comprende El Salvador no ha sido la excepción en esta relación entre el ser humano y el mar. Sin duda, los primeros viajeros procedentes de Asia “pasaron por nuestras costas hace unos 15,000 años en su expansión continental. Algunos, probablemente establecieron campamentos temporales, pero estos vestigios no han sido encontrados, quedando cubiertos al subir los niveles marinos o por fenómenos geológicos”, dice el arqueólogo.

La época prehispánica también se ha mantenido escondida de la arqueología en cuanto a navegación y tecnología náutica en el Pacífico salvadoreño. Estudios han confirmado la importancia de los recursos marinos para el surgimiento de sociedades complejas en la costa sur de México, Guatemala y El Salvador.

Gallardo dice que teorías como la de Robert Sharer “proponen que importantes urbes desarrolladas en Chalchuapa iniciaron con migraciones, procedentes de la costa pacífica que siguieron la cuenca del río Paz hasta asentarse en este lugar, hace unos 4000 años”.

Sitios como El Carmen, en el departamento de Ahuachapán, demuestran cómo la dependencia de recursos marinos y terrestres permitieron el sedentarismo acompañado del subsiguiente desarrollo tecnológico, en este caso, arquitectura simple y los objetos de cerámica más antiguos registrados en el territorio.

Durante el periodo Clásico tardío (600–900 d. C), materiales culturales de sitios como Asanyamba y Chiquirín, en el Golfo de Fonseca, comprueban un intercambio comercial por vía marítima entre el oriente salvadoreño y asentamientos ubicados en lo que ahora es Nicaragua. De similar forma, el sitio arqueológico El Cajete, en la Barra de Santiago, departamento de Ahuachapán, “parece haber sido un puerto pipil que funcionó hace un milenio en el occidente”, supone Gallardo.

En sus investigaciones, Gallardo confirma que con la llegada de los europeos “se marca la apertura de la costa salvadoreña a la globalización y al comercio interoceánico. Zarpando desde Panamá en 1522 y navegando hacia el norte, el piloto mayor Andrés Niño reconoció por primera vez, desde una perspectiva occidental, la importancia y majestuosidad del Golfo de Fonseca y sus islas”. Continuando su travesía, Niño pasó por la Costa del Bálsamo, la cual llamó la “costa del rostro fragoso”, ubicada en lo que ahora es el departamento de La Libertad.

Pocos años después, se llevó a cabo la colonización del occidente salvadoreño, aprovechando los españoles la importancia del cacao y la conveniencia de exportarlo. Para 1535, ya zarpaban barcos desde Acajutla hacia México con cargamentos de cacao cultivados en los territorios izalqueños en Sonsonate, iniciando la actividad de este puerto. El añil le seguiría décadas después como producto exportador.

El comercio marítimo de Acajutla generó ingresos que permitieron la fundación de ciudades como Sonsonate y la construcción de grandes edificios religiosos como las iglesias de San Pedro y San Pablo, en Caluco, y la de La Asunción, en Izalco.

La fundación de San Miguel de la Frontera en 1530 y la importancia estratégica de la Bahía de Jiquilisco como enclave marítimo hicieron que los españoles establecieran el puerto de Xiriualtique, mencionado por Pedro de Alvarado en 1536, por sus ventajas naturales y estratégicas. Cuatro años después, Alvarado estaría en Xiriualtique calafateando la flota más grande vista hasta entonces en el océano Pacífico. Más o menos para esa época, adquirió importancia el puerto de Amapala, en el Golfo de Fonseca.

“La preferencia por rutas terrestres para transportar el añil y otros productos en caravanas de mulas hacia el Atlántico hizo que la actividad marítima en la costa del Pacífico fuese muy limitada durante el siglo XVIII y principios del XIX”, explicó Gallardo. Según los libros de historia, las leyes de la Corona no permitían el comercio con naves extranjeras, lo que también limitó la visita de barcos, aunque siempre se mantenía el contacto naval con importantes puertos, como El Callao en Perú.

La actividad marítima aumentó a mediados del siglo XIX con el apogeo de la segunda Revolución Industrial, agregado al interés de Estados Unidos y Gran Bretaña en el istmo centroamericano para construir el canal interoceánico.

La conquista de California por Estados Unidos en 1846 y el posterior descubrimiento de oro hicieron que se formaran grandes empresas navieras, como la Pacific Mail Steamship Company, conocida localmente como “La mala del Pacífico”, que estableció la ruta entre Panamá y San Francisco.

Simultáneamente, el magnate Cornelius Vanderbilt habilitó la Ruta del Tránsito, conectando los dos océanos al navegar el río San Juan hasta el lago de Nicaragua y, posteriormente, tomando la ruta terrestre hasta la costa.

Sobre el apogeo de los puertos salvadoreños, el arqueólogo Gallardo dice que en un inicio estos quedaron apartados de ambas rutas, hasta que se construyó el ferrocarril en Panamá en 1855, lo que aumentó la llegada de vapores a los puertos centroamericanos, como fue el caso del buque explorador SS Columbus, que visitó La Unión y Acajutla en 1856.

“No es de extrañarse que diez de los once pecios registrados en El Salvador estuvieron activos entre 1850 y 1900, siendo siete de ellos barcos de vapor. Por primera vez, los puertos locales ofrecían un horario confiable y viajes relativamente seguros gracias a los vapores costeros, adquiriendo importancia el puerto de La Libertad por su cercanía a Santa Tecla y San Salvador”, manifiesta Gallardo.

Para finales del siglo XIX, en los puertos se embarcaba café, bálsamo, añil, cueros, aguardiente, azúcar y alguna plata de las minas orientales, arribando medicinas, vino, champán, cerveza, maquinaria, telas, libros, revistas, inmigrantes y tecnología procedente de Europa y Estados Unidos.

Puerto El Triunfo, en la Bahía de Jiquilisco, tuvo un súbito apogeo (aproximadamente entre 1896-97) gracias a la producción de café en la cordillera Tecapa-Usulután, un producto con alta demanda en Estados Unidos, pero principalmente en Hamburgo.

Las fuerzas navales de las grandes potencias también fueron agentes de influencia militar en la región durante esta época. “Entrado el siglo XX, los barcos de vapor fueron sustituidos por el diésel, pero la importancia estratégica de Centroamérica y los océanos se mantiene vigente, reflejada por la reciente ampliación del Canal de Panamá, proyectos como la futura construcción de un canal en Nicaragua y la posibilidad de una ruta interoceánica por el Ártico. Algo que hemos aprendido de la historia marítima es la importancia de los puertos salvadoreños como elementos de cambio social”, reflexiona Gallardo.

El Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán tiene a su cargo el proyecto Registro y Documentación de Sitios Arqueológicos Marítimos de El Salvador, con el objetivo de reconstruir el pasado cultural marítimo por medio del estudio de los restos materiales que fueron parte de los procesos sociales relacionados al mar. Hasta la fecha, se han registrado un total de 11 sitios de esta naturaleza, incluyendo 10 pecios y un muelle de hierro (Figura 1 y 2).

“El fin último de este proyecto es la investigación y protección de estos sitios arqueológicos, para que las futuras generaciones valoren y se apropien de este patrimonio”, sostiene Gallardo, quien expresó que en este Día Marítimo Mundial se debe realizar un especial reconocimiento a las comunidades e individuos “que conviven con el océano y que han establecido una relación que va más allá de la subsistencia, pues es una relación de asombro, respeto y curiosidad que nos recuerda que el mar es nuestro origen y adonde siempre regresamos”. Fuente: Secretaría de Cultura de la Presidencia.

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